Estrategia vs. Maquinaria
Las elecciones a la presidencia de Colombia en la primera vuelta, como laboratorio de marketing político.
Cómo el mensaje claro venció al aparato del Estado, los gurús internacionales y la coalición más grande de la historia reciente
El 31 de mayo de 2026 Colombia no solo eligió a los dos finalistas de su próxima presidencia. Eligió también, sin saberlo, entre dos modelos antagónicos de hacer campaña política: el de la maquinaria institucional con meses de planificación y cientos de miles de millones invertidos, contra el del mensaje coherente, el candidato como marca personal y la red orgánica de creadores de contenido. El resultado fue tan elocuente como incómodo para quienes creyeron que el dinero y la estructura podían sustituir al relato auténtico.
Dos candidatos que hace doce meses no encabezaban ninguna encuesta concentraron el 84,64% de los votos. Un partido que gobernó Colombia durante dos décadas se desplomó a menos del 7% con seis partidos aliados. Un independiente asesorado por el estratega que hizo presidente a Petro casi igualó a esa gran coalición solo. La primera vuelta fue un diagnóstico brutal de qué funciona y qué no en la consultoría política colombiana del siglo XXI.
La gran fractura: el país que se dividió en dos mitades casi perfectas
El mapa electoral del 31 de mayo es la primera vez en muchos años que Colombia se parte tan limpiamente por el centro. No es solo una polarización ideológica —es una polarización geográfica, demográfica y de clase que tiene consecuencias profundas para quienquiera que gane el 21 de junio. Gobernar un país donde casi la mitad de los votantes apoyó al otro candidato requiere una capacidad de articulación que ninguna de las dos campañas ha necesitado mostrar hasta ahora.
Lo que no aparece en los números —pero se lee con claridad entre líneas— es la historia de los grandes derrotados de la jornada. El Centro Democrático, que con seis partidos aliados, una candidata sólida y un estratega contratado no pudo igualar a un candidato independiente sin aparato. Y el propio gobierno Petro, que movilizó toda la maquinaria institucional del Estado, negoció apoyo con alcaldes y gobernadores en lo que se estima superó el medio billón de pesos, y aun así vio a su candidato terminar 672 mil votos atrás del que prometía desmontar su legado.
En ese doble fracaso —del partido tradicional y del gobierno en ejercicio— está la clave para entender qué cambió en Colombia. Ya no es suficiente tener estructura. Ya no es suficiente tener maquinaria. Ya no es suficiente tener el gobierno de tu lado. Los colombianos, en un porcentaje creciente, votan con el estómago antes que con la cédula partidista. Y en ese terreno, Abelardo de la Espriella jugó como nadie más supo hacerlo.
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El mapa electoral del 31 de mayo reveló una polarización geográfica con lógica interna clara: el centro del país vs. su periferia; la Colombia urbana y andina vs. la Colombia costera, amazónica y de frontera.
Lo más significativo del mapa no es quién ganó dónde, sino la combinación de dos datos: Cepeda obtuvo apenas el 41,67% en Bogotá —muy por debajo de las expectativas del Pacto— mientras Espriella llegó al 36%. Con solo 5,67 puntos de diferencia en la ciudad más grande del país, y la sorpresa de Caquetá volcándose hacia Espriella con el 47,74%, el mapa territorial tiene una historia diferente a la que el Pacto esperaba. Esas cifras son las que el equipo de Cepeda debería tener tatuadas antes del 21 de junio.
Las declaraciones de las horas posteriores al cierre del preconteo no son simples reacciones: son posicionamientos estratégicos que definen el tablero de la segunda vuelta.
El expresidente eligió la vía más inteligente para su legado: reconocer la derrota del Centro Democrático antes de que el escrutinio lo obligara, asumir responsabilidad personal por el resultado y transferir su capital político a Espriella de forma limpia. Al enmarcar la segunda vuelta como una batalla contra «el chavismo y los grupos terroristas», Uribe no abandonó su narrativa —la amplió hacia un nuevo portador. El mensaje implícito fue poderoso: el uribismo sobrevive sin el CD.
Su declaración fue estratégicamente calculada en cada palabra. Al decir que Paloma «tiene más futuro que pasado», Jerónimo evitó cargar a la candidata con el peso de la derrota y abrió espacio para su reposicionamiento. Más relevante aún: él mismo había atacado a Espriella en el pasado, por lo que su giro de apoyo entusiasta envió una señal de unidad que ningún comunicado de partido habría logrado. Fue la imagen de cierre de grietas que la derecha necesitaba ver esa noche.
La forma en que una candidata pierde define cuánto poder conserva para el futuro. Valencia eligió la salida más digna posible: reconocimiento inmediato, sin cuestionamientos, y anuncio de apoyo antes de que nadie se lo pidiera. En términos de marketing político, convirtió una derrota histórica del CD en una demostración de madurez institucional. Paradójicamente, el 31 de mayo puede haber sido el mejor día de su carrera política a largo plazo: salió más grande que el partido que la nominó.
Hablar de votos «mal contados» y denunciar mesas atípicas antes de que el escrutinio oficial terminara fue, estratégicamente, el error más costoso de la noche para el Pacto. No porque las denuncias fueran necesariamente falsas, sino porque el efecto inmediato fue doble: legitimó la narrativa de Espriella sobre «desestabilización institucional» y generó desconfianza en el propio electorado de centro que Cepeda necesita para ganar la segunda vuelta. El registrador desmintió las acusaciones señalando la mayor veeduría internacional en años. El boomerang fue inmediato.
La intervención de Barrera fue la más precisa en términos de análisis electoral de toda la noche. Al identificar los 3 millones de votos de centro como el campo de batalla decisivo y señalar que no irán automáticamente hacia Espriella, trazó la única hoja de ruta posible para Cepeda: correr hacia el centro sin perder la base. Su advertencia implícita —que eso requiere que la campaña tome una decisión activa— fue también un diagnóstico de lo que faltó en la primera vuelta: autonomía y distancia del gobierno Petro.
López declaró que Espriella es un peligro, pero antes le dio a Cepeda la crítica más dura de la noche desde adentro del progresismo: que no ha liderado su propia campaña. Ese señalamiento, hecho públicamente y con nombre propio, revela una fractura de fondo en el bloque que debería apoyar a Cepeda. Un apoyo que llega acompañado de un diagnóstico de debilidad no entusiasma militantes ni convence indecisos. López demostró que puede ser más un problema que un activo para la segunda vuelta.
Su negativa a apoyar a Espriella no fue una sorpresa para nadie que hubiera observado la campaña con atención. Oviedo fue desde el principio la contradicción encarnada de la coalición Valencia: un perfil progresista dentro de una candidatura de centro-derecha que buscaba votos conservadores. Su distanciamiento al final no es traición —es coherencia. Y confirma que la decisión de incluirlo como fórmula VP fue uno de los errores estratégicos centrales de una campaña que terminó desdibujando su propio mensaje.
La primera vuelta terminó. La segunda vuelta ya empezó. Análisis experto de los seis ejes estratégicos que definirán la presidencia del 21 de junio.
De la Espriella llega a la segunda vuelta con una ventaja que los números no reflejan completamente: llega con iniciativa política. En marketing político, el candidato que no tiene que reescribir su mensaje para ganar la segunda vuelta parte con una ventaja estructural enorme. Su base no está confundida, su coalición se amplía orgánicamente, y su relato de campaña —seguridad, empleo, soberanía— es el mismo del primer día. No hay que explicar ni corregir nada.
Cepeda llega con una base dura formidable —9,7 millones de votos es una cifra que ningún candidato puede ignorar— pero con tres heridas abiertas que su equipo tendrá que gestionar simultáneamente en solo tres semanas: el daño causado por Petro desconociendo resultados antes del escrutinio, el propio Cepeda hablando de votos «mal contados», y los ataques personales al rival que alienan exactamente al electorado de centro que necesita conquistar.
En tres semanas no se cambia una narrativa de fondo. Se puede matizar, suavizar, re-encuadrar. Pero el votante que ya tiene una percepción formada de un candidato necesita múltiples impactos consistentes para modificarla. El tiempo no alcanza.
Roy Barrera (Progresistas) identificó con precisión quirúrgica el campo de batalla real: hay aproximadamente 3 millones de votos del centro —la suma del universo Fajardo más el voto de opinión de Claudia López— que no son de extrema derecha y no irán automáticamente con ninguno de los dos. Este bloque es el que decide la elección del 21 de junio.
El dilema estratégico de Cepeda para conquistarlo es de doble filo. Por un lado, necesita moderarse hacia el centro sin perder su base —un equilibrio casi imposible de lograr en tres semanas—. Por otro, cada declaración incendiaria de Petro o cada ataque de su campaña confirma el relato de radicalización que el votante de centro precisamente quiere evitar. Claudia López lo formuló con brutalidad táctica: «Iván, no te pueden hacer la campaña eternamente.» Ese «eternamente» es el diagnóstico más preciso de la campaña de Cepeda: ha dependido de Petro como motor de movilización, y para ganar la segunda vuelta necesita exactamente lo contrario.
Para De la Espriella, la estrategia teórica es más simple: no hacer nada nuevo. Mantener el tono, dejar que Uribe y Paloma lleguen naturalmente a sus votantes, y no alimentar la narrativa de «peligro» que Cepeda intentará instalar. En política, el candidato que llega primero en la primera vuelta gana la segunda cuando no comete errores.
En marketing político se distingue entre dos tipos de apoyo con efectos radicalmente distintos: el apoyo de arrastre —que efectivamente mueve votantes porque hay identidad ideológica genuina— y el apoyo de imagen —que mejora percepciones pero no moviliza urnas—. La distinción entre ambos es la diferencia entre ganar y perder una segunda vuelta reñida.
Para Espriella, el respaldo de Paloma Valencia representa apoyo de arrastre real: ~1,6 millones de votantes con identidad de centro-derecha que se alinean naturalmente con su propuesta. El respaldo de Uribe y Jerónimo Uribe cierra el círculo sin que Espriella tenga que cambiar un ápice de su tono. El único riesgo: que el candidato se «uribice» en exceso durante la recta final, lo que podría espantar al votante de centro que lo ve como alternativa distinta al uribismo clásico.
Para Cepeda, el apoyo de Claudia López es principalmente de imagen: ella declaró respaldo implícito acompañado de una crítica directa que no entusiasma ni moviliza militancia. Oviedo apunta hacia Cepeda por exclusión, no por convicción. Y el voto por exclusión moviliza sistemáticamente menos que el voto de convicción positiva. Los 3 millones del universo Fajardo son un segmento heterogéneo donde cada declaración hostil de Petro es un voto que se abstiene o migra.
De la Espriella anunció desde tarima que al día siguiente iniciaba su estrategia de segunda vuelta —diseñada con meses de anticipación— y que su foco sería «defender la democracia». El encuadre es de manual: coloca a Cepeda en el rol de amenaza institucional, usando como evidencia las propias declaraciones de Petro desconociendo resultados. En marketing político, cuando el adversario te regala el marco narrativo en bandeja, la única obligación es usarlo sin piedad.
El riesgo para Espriella no viene del adversario: viene de él mismo. La soberbia del líder —creer que la segunda vuelta es un trámite cuando los números muestran menos de 700 mil votos de diferencia— es la trampa más frecuente del candidato que llega primero. En 2022, tres semanas fueron suficientes para revertir un margen amplio.
Para Cepeda, la trampa más peligrosa es la que ya está cayendo: el discurso del fraude. Denunciar irregularidades sin pruebas contundentes antes del escrutinio tiene un costo doble: erosiona la confianza en las instituciones que él mismo necesitaría gobernar, y le entrega a De la Espriella exactamente la narrativa de «desestabilización» que quiere instalar. Roy Barrera tiene razón: la única ruta posible de Cepeda pasa por el centro. Y el centro no vota por quien cuestiona las reglas del juego democrático.
El elemento más determinante de la segunda vuelta podría no ser ninguno de los dos candidatos: podría ser Gustavo Petro. En la primera vuelta, la maquinaria institucional del gobierno fue el motor de la campaña de Cepeda. En la segunda, ese mismo motor se ha convertido en el mayor lastre.
Petro desconoció los resultados antes del escrutinio. Anunció exigir un reconteo. Amenazó con desconocer resultados incluso antes de que se realizaran las elecciones. El registrador desmintió las acusaciones al destacar que esta fue la elección con mayor veeduría internacional en la historia reciente del país —lo que convirtió las denuncias en un boomerang narrativo de primera magnitud.
El dilema de Cepeda es estructuralmente sin salida en tres semanas: si se distancia de Petro pierde parte de la maquinaria territorial y la energía de la base militante. Si se mantiene cerca, cada aparición de Petro es combustible para la narrativa de continuidad radical. Cuando tu principal activo se convierte en tu principal riesgo, no existe solución táctica que funcione en el corto plazo. Solo hay gestión de daños.
Para De la Espriella, la hoja de ruta estratégica es sencilla en teoría y difícil en disciplina. Primero: no cambiar el mensaje central. La tentación de «ampliarlo» hacia el centro con nuevas promesas es una trampa —el votante que ya lo eligió lo hizo por lo que es—. Segundo: dejar que los apoyos de Paloma y Uribe operen de manera autónoma sin que él tenga que identificarse demasiado con ellos públicamente. Tercero: mantener el tono confrontacional pero sin caer en los ataques personales que empujan al votante de centro hacia la abstención.
Para Cepeda, la hoja de ruta es más compleja y requiere ejecución perfecta en poco tiempo. Primero: necesita una aparición pública contundente, solo y sin Petro, en la que trace con claridad sus diferencias con el gobierno actual. Segundo: debe abandonar el discurso del fraude de manera definitiva y pública —cada día que continúe esa narrativa es un día de votos moderados perdidos—. Tercero: necesita encontrar un lenguaje que hable a los miedos del votante de clase media urbana, que no son los mismos que los del votante de la Costa o la Amazonía.
La segunda vuelta del 21 de junio es, en esencia, una pregunta sobre el miedo. Cepeda necesita que los colombianos le teman más al cambio que al continuismo. Espriella necesita que le teman más al continuismo que al cambio. Los 672.125 votos de diferencia del 31 de mayo sugieren que, por ahora, la respuesta del país está más cerca de Espriella. Pero en Colombia, en tres semanas, todo puede cambiar.
Colombia tiene tres semanas para decidir si las elecciones del 31 de mayo fueron el inicio de un cambio o una corrección momentánea. En ese tiempo, dos candidatos con modelos de comunicación opuestos van a intentar convencer a los mismos 3 millones de colombianos. Uno hablando con su propio lenguaje, coherente y construido durante años. El otro intentando cambiar de piel en tiempo récord. La historia de las segundas vueltas en Colombia enseña que los cambios tardíos de narrativa rara vez funcionan. Pero también enseña que 672 mil votos es una diferencia que una sola semana de errores puede cerrar.


